El príncipe azul
Las princesas al final nos hemos dado cuenta de que el príncipe es un frío despiadado. Como si el hecho de tener el título de hombre heredado, les otorgará el derecho a "hacerse los príncipes", en plan: tú duerme que cuando yo te bese, lo flipamos, o "si te vas, no me cabe en el cabeza para qué"...o..."perdona? No quiero ser tu príncipe!!!" Y tú, what??? Siento un vacío en mis adentros que no me cabe en la barriga. Por qué no colmas mi vacío existencial como deberías? A lo que el otro te contesta, muy sabiamente, que él qué coño sabe de tus ideales, que él ha crecido con dragón ball zeta o entre almendros y romero...sabes lo que te quiero decir? Que de la película que tú te has montado a la que corresponde la vida real, pues yo que sé... Sabes o qué. En fin. Princesas percatándose de que el amor incondicional es peligroso y de que el amor condicionado es sano. Y niñas rebeldes diciendo que no nos da la puta gana. Que creemos que el amor incondicional es el único y el mejor que hay. Y qué si no...pues siempre nos quedará soñar (y la insatisfacción)
Pd: el príncipe también tiene sus paranoias.
Claudio Naranjo- "Sobre los melancólicos".
ResponderEliminar"Al melancólico le cuesta reconocer que en este inventarse personajes, aunque aparentemente le da seguridad y le hace interesante, se odia y se mata a sí mismo. Además, a medida que uno va trabajando consigo mismo, se da cuenta de que ese modo poco realista de estar en el mundo, con el acento puesto en la estética, no es inofensivo sino que se transforma también en odio hacia el otro, compitiendo con él en nombre de la exquisita sensibilidad. Que esa manera elegante de agredir se apoya en otra guerrera, contundente, sectaria y maniquéa de juzgar a los demás. Que en la amistad prevalece la afinidad elitista (gustos, aficiones, opiniones y estados de ánimo compartidos) sobre el estar con el otro sin tener que demostrar nada.
Cuesta reconocer sin engaño ni justificaciones que no se es tan empático como uno se creía, que uno es torpe en relacionarse con el otro porque le falta naturalidad en el trato, como si el afecto no fuera suficiente. Observándose en eso, el melancólico se topa con el narcisismo de su personalidad: no se ve al otro, no se le toma en cuenta sino se ve a sí mismo intentando epatarle, provocarle, derrochando brillantez, humor, etcétera, para ser protagonista del encuentro.
Es necesario aprender a calmarse, centrarse. El melancólico tiene que llegar a comprender que la mayoría de las veces cree que dice, que se explica, y tan solo se agita. Tiene que reconocer que es difícil seguirle cuando se apasiona, que cuesta entenderle, y no romper el contacto con el interlocutor cuando eso ocurre. Es necesario observar cómo uno manda mensajes cruzados al comunicarse con el otro: exceso de gestualidad, suspiros, risas, saltar de un tema al otro, buscar complicidad, seducir con guiños, con sobreentendidos...(cierto histrionismo).
Todo eso son cortinas de humo, actuaciones que no vienen al caso y despistan del contenido real de la conversación y del encuentro. A medida que uno va sanando se da cuenta de que esa es otra forma de agredir, de pelear.
Esta postura de poder frente al mundo se desinfla cuando el melancólico se encuentra a solas. Lo sanador es descubrir cómo la oralidad hacia fuera se transforma en canibalismo hacia dentro: no parar de dar vueltas alrededor de su ombligo repasando estados de ánimo, recordando quién le ofendió, lo ninguneó o le felicitó, quién estuvo de acuerdo y en contra, etcétera. Es necesario, para sanarse, inhibir el parloteo interior, darse cuenta de que lleva a congelar la propia existencia, la fosiliza en el pasado.
Por otro lado, la extrema exigencia de amistades transparentes, la búsqueda imposible del amigo/a ideal que lo entiende todo, que lo comparte todo, es entrar en un laberinto sin salida en el cual uno se encuentra solo cara a cara con su odio reducido al absurdo: «Mi amigo incondicional y perfecto tendría que ser igual que yo, pero resulta que yo me odio, entonces no hay solución...». Creo que es ahí donde se esconde la raíz del odio, en tocar el verdadero sentimiento de carencia, la carencia real. Mejor darse cuenta, aunque sobrecoge reconocerlo, que a solas consigo mismo se tiende a querer morir porque no se sabe bien quién se es, ni lo que se quiere, ni lo que se deséa. Es crucial en el proceso reconocer la tendencia a la autodestrucción y a querer destruir al otro porque pone de relieve aspectos carenciales que la arrogancia tapa, porque eso sí, la personalidad melancólica tiende a la arrogancia y al elitismo, facetas que inflan un ego que esconde en realidad una baja autoestima implícita en este carácter."